En el año 2020, me encontraba terminando un proyecto personal en otro país cuando la pandemia se dejó caer con toda su fuerza. Los estrictos "lockdowns" impuestos por aquel gobierno permitían salir solo por algunas horas y manteniendo la distancia con los demás. Esto afectó mi estado emocional de una forma inusitada. Aunque no fui el único en el mundo, sentí que lo era. El tiempo pasó, y el proyecto que estaba por concluir quedó inconcluso. Regresé a Chile y, con ello, vinieron más encierros, vacunas, extrañezas y desconfianzas. Esta vez, el encierro se proyectó hacia mi infancia y, después de décadas, tuve que trasladarme al sur para reencontrarme con el hogar de mis primeros años. Tras la pandemia, surgió otro encierro: el cuidado de mi madre y el reencuentro con lo perecedero.
"Un año en el río" es un proyecto que documenta lo íntimo y lo banal de un viaje físico y mental, que transcurre desde la antesala de mi retorno a Chile hasta el posterior viaje al sur y el reencuentro con aquello que quedó atrás. "Un año en el río" da cuenta de un periodo de tiempo que bien podría ser un año, o cinco, o diez; es el fluir de lo rutinario, que, en la presencia de los encierros físicos y mentales —la pandemia, la depresión y las intervenciones quirúrgicas—, emerge como momentos registrados. El río funciona como metáfora de ese fluir siempre cambiante, pero también de lo elemental del agua, y de cómo este elemento aparece sin ser buscado en los paisajes de mis encierros, como una guía para leer mis memorias.
De este modo, la muestra trabaja con estos motivos duales: el agua y su fluir; lo animal, desde el cuerpo y el descontrol de la emoción; lo inconcluso, entendido como un encierro del pasado no realizado, pero también como un futuro truncado; y, finalmente, lo perecedero, representado en la decadencia del cuerpo, pero también en la revelación de su presencia en el cuerpo de mi madre.
La exposición se articula en cuatro momentos, reflejados en cada uno de los muros de la sala, mediante cuatro series fotográficas capturadas en instantes de lucidez y tranquilidad durante las salidas diarias: primero, para cuidarme a mí mismo; después, para cuidar a otros. Es en esta recursividad del tiempo donde, cinco años después, estas memorias se reconstruyen en un diario íntimo de lo banal, forjado por los encierros. Podría haberse optado por imágenes que capturaran lo brutal y lo explícito de la realidad; sin embargo, es en esta aparente banalidad, en la ausencia de toda trascendencia, donde estas imágenes construyen la atmósfera afectiva que viaja conmigo desde entonces.



















